El Austin City Limits 26 fue una película en tres actos con la mejor banda sonora del mundo. Comenzó como se inician las grandes películas: con una tragedia en ciernes. Dos huracanes en el Atlántico y un frente frío amenazaban con lluvias torrenciales, inundaciones y la cancelación del festival. La organización se mantuve firme y apostó por seguir adelante. Nosotros no nos rajamos. Compramos unas cachuscas y un chubasquero y nos dispusimos a desafiar al barro y la lluvia.
Lluvia de estrellas en el Austin City Limits
Una mañana tormentosa nos recibió en el parque. Pero el cielo sintió clemencia por la reina pelirroja del Euro-Country, CMAT, y unos cálidos rayos de sol bajaron a escuchar su torrencial voz. Su banda travestida no desmereció a semejante torbellino escénico y entre nubarrones y oscuridad existencial surgió When a good man cries y todo el mundo supo que ese era un momento celestial.
Después de levitar con CMAT, nos precipitamos como una tormenta perfecta en el feminismo radiante y militante de Paris Paloma, cuyo himno Labour retumbó en tiempos oscuros para aportar un halo de luz. La tarde escampló con el punk poderoso de Amy and The Sniffers y su necesarios mensajes contestatarios. Los pogos rompieron con los bloques de barro bajo nosotros y la fiesta se desató a tiempo de perdernos en los himnos generacionales de Labrinth.

Más allá de la banda sonora de Euphoria, Labrinth es un estilo, un icono, un sello propio que busca trascender a la serie que le convirtió en mito de una generación. Y entonces apareció delante de nosotros, la estrella definitiva, Charli XCX. Su show es una película que fusiona cine, moda, pasarela, danza y tendencias de una manera única. Todo instante está medido al milímetro para resultar icónico. La aparición de Troye Sivan coronó una noche absolutamente estelar sobre una capa de barro que apenas nos permitía caminar.

Sábado entre estrellas
El clima nos privó de esas grandes bandas ocultas en las letras pequeñas de los grandes festivales. Las puertas del festival abrieron dos horas más tarde de lo previsto. La consecuencia más triste es que muchas bandas vieron recortado su set o directamente quedaron emplazadas para el segundo fin de semana. Después de una sesión de drenaje y acondicionamiento, Suki Waterhouse apareció radiante entre rosas y corazones flechados con el status de reina del underground más radiante y sofisticado. Su elegante discografía nos desnudó una artista tan magnética como fascinante.

Después de encontrarnos con el talento deslumbrante de Suki visitamos el Puerto Rico más molón, el de Young Miko, cuyo perreo se aleja de las convenciones reggatoneras y la eleva por encima de la media. Después de mover las caderas con frenesí nos fuimos al encuentro de la princesa del pop británico. Lola Young se presentó con una banda afinadísima capaz de jugar con el pop y retorcerlo hasta explorar el soul y el R&B más nocturno. Una delicia que dejó claro que un día la princesa será reina. La noche nos llevó a un territorio único, indómito, alejado de lo convencial.
La noche nos llevó en presencia de Lorde, que sin casi darnos cuenta se ha convertido en una fabulosa artista de vanguardia. Su música siempre arriesgada y valiente cobra todo sentido en directo. En su set caben reivindicaciones sociales y personales, intimidad y vulnerabilidad mientras una serie de impresionantes pantallas elevadas y visuales nos envuelven en el futuro del pop. Alucinante.
El cielo llora el final del Austin City Limits
El cielo parecía anticipar el adiós de un festival único. Una lluvia poderosa nos acompañó mientras desvelábamos el secreto tras la artista que ocupa el número 2 del Billboard, Stella Lefty. La creadora de Boston llegó con la controversia de tratarse o no de un caso de nepotismo pues su padre es uno de los dueños de Groupon, pero lo cierto que la chica desplegó carisma y la experiencia fue medianamente agradable. Después de dejar atrás a Stella y la lluvia, acudimos al escenario más coqueto y el que más se asemeja a un bareto, el del Tito’s Vodka, para entregarnos a los ritmos salvajes de Rio Kosta. Percusión latina, aire Santana, vibra Jungle y un estilo Khruangbin que nos fascinó. Su puesta en escena nos conectó con Woodstock y su olvidaba rebeldía.
Tras perder la sensibilidad de nuestra cadera a base de bailes alocados, nos dejamos llevar por uno de nuestros principales placeres culpables. Saint Motel regresaba al ACL tras más de diez años de ausencia para adentrarnos en su My Type y en ese soniquete marca de la casa que tanto se graba en tu alma.

Con esa sensación mágica que dejan las grandes bandas cuando las ves por primera vez nos mudamos a otra experiencia prodigiosa. La banda del momento, Geese, apareció en escena. Frialdad. El corazón helado de Cameron Winter y esa presencia que parece fusionar a Richard Ashcroft, los Gallagher y a Jim Morrison te va calando hasta los huesos a base de carisma. Primero comienzas a moverte esporádicamente. Después a saltar. Y cuando menos lo esperas estás haciendo pogos como un loco con desconocidos. Es lo que tienen los elegidos. Ni un adiós. No lo necesitó. No existe. Geese se han quedado a vivir en nuestra mente.

El ACL aún nos tenía reservado una última maravilla. Los XX se juntaban después de casi una década para demostrar que son mucho más que un eco distante de los 2010. Sus temazos suenan aún más frescos hoy que entonces demostrando una vigencia asombrosa. La X que coronaba y daba sentido a su escenografía nos dejó impresionados y bajo su tenue luz volvimos a encontrarnos con sonidos que forman parte de una banda sonora vital tan única como universal.
La forma en que conectan contigo con la misma intimidad de lo que hacen con el de al lado demuestran un talento inmortal. Y con el este broche de oro, un nuevo ACL, el 25, el más especial, el del barro y la lluvia, nos dejaba soñando con la próxima edición y un reguero de recuerdos que nunca olvidaremos. ¡Larga vida al ACL!
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